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Guiña,
peripecia,
sus ojos díscolos
mientras no hago blanco
en ninguna de las delicias
que podrían ser un banquete.
Y no tengo hambre
porque el origen todavía me guarda un bocado.
Guiña,
aventura,
mientras no me ve cocinar
y la sangre del alimento
se chorrea para tentarme.
Y no tengo asco
porque el origen sigue ignorante sobre delicadezas.
Guiña,
periplo,
que no me quedo ciego
ni aún perdido
y a la vuelta,
con mi son de tierra la mística me patina,
mis dientes están afilados
y la maravilla no quiere despertar
sin estar siendo digerida.
Las pieles resecas
de un deleite vencido
me asquean al mostrar
que siguen teniendo el mismo gusto.
Sabores pobres
de platos brillantes,
ásperos,
sin especias.
Y,
gloria al apetito,
a la vuelta un manjar.